CRÍTICA DE TEATRO DE 'LA BARRACA'
A gritos
Así ha querido la directora convencernos de lo que pasó en otro tiempo, de lo penosamente malos que podemos ser los seres humanos con nuestros semejantes
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Huelva
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Iniciar sesiónSi el realismo proponía una visión de las relaciones sociales que nos mostrara tal como éramos, como hiciera Vicente Blasco Ibáñez en 'La Barraca', casi un documental de actualidad denunciando lo que pasaba a su alrededor sin tapujos, toda versión de su obra debería transitar por caminos similares. El drama de 'La Barraca', tiene su epónimo en cualquier asentamiento de inmigrantes viviendo bajo plásticos, en cualquiera de estas barracas de fortuna hechas con cartones, palés y plásticos, en unos lamentables decorados donde se desarrollan vergonzosos casos de explotación y miseria, tal como en los paisajes que describe Blasco Ibáñez en esta novela que ha servido para escribir la versión teatral que Mira está llevando a los escenarios con notable éxito.
Barracas donde sobreviven quienes laboran sin papeles, en las que ocurren muertes violentas y violaciones que solo de vez en vez saltan a las páginas de actualidad, o incendios que asolan esos poblados, sea accidentalmente o no. Todo esto, podría servir para traer el drama del valenciano a la actualidad, para retratarnos tal como somos y tal como el naturalismo –el realismo más extremo- hiciera a finales del siglo XIX. Escrutando esta versión de la obra del escritor valenciano que se rebeló contra la situación de los aparceros de su tierra a finales del Novecento, se nos antoja una oportunidad perdida que la tan alabada directora podría haber realizado denunciando este tipo de situaciones, pero en el tiempo y el momento justos, estos de ahora y de aquí. Pero, no. Magüi Mira se ha limitado a recuperar un momento histórico, una memoria que ya no nos pertenece. Los tiempos pasan. Inexorablemente. Pasan, pero las situaciones no.
La puesta en escena de La Barraca es muy efectista y efectiva. Oscura, gris, dotada de artilugios que nos permiten transitar por la dura tierra valenciana, por las humildes huertas y en definitiva por unas injusticias tremendas. Como ocurre ahora en otros paisajes, en cualquier lugar de España, en los campos o en los polígonos industriales, en los servicios de la gran ciudad o entre los que llegan a nuestro país para hacer lo que nosotros, nuevos ricos, no queremos hacer. También la música es oscura, o triste, y hasta las formas de las barracas nos vienen sugeridas por unos paneles de espejos que permiten ver el trabajo de los actores, ímprobo desde luego, hasta cuando permanecen en el suelo, tirados. Las coreografías, quizás algo lacias y chocantes con el ritmo de la puesta en escena, nos llevan a vislumbrar un pueblo sometido, sin posibilidad alguna de redención. La iluminación también se resuelve acorde a los parámetros pretendidos, dando luz a la tristeza y a la desolación, a unos acontecimientos terribles que ocurrieron y que hoy, tanto tiempo después y en unas circunstancias tan distintas, siguen ocurriendo. El pueblo contra el pueblo. Con esta miseria me pertenece a mí se enfrentan los protagonistas. Terrible. O terrorífico más bien, lo que nos contaba Vicente Blasco Ibáñez y que se sigue repitiendo aquí, con otros acentos y con otros dramas detrás, teniendo en cuenta, como tenemos, que nadie emigra por deporte, sino por extrema necesidad.
Los actores, muy bien. Centrados en sus papeles durante toda la función, incluso cuando yacen rendidos en el suelo. También cuando gritan, que nos ha parecido demasiado grito, alcanzando casi la sobreactuación por mucho que se use para reforzar un argumento ya sobradamente conocido. Pero a gritos ha querido la directora convencernos de lo que pasó en otro tiempo, de lo penosamente malos que podemos ser los seres humanos con nuestros semejantes. Mientras esto ocurre en el escenario, por aquí cerca, pero también en cualquier punto de esta España nuestra, se repiten situaciones de injusticia, de gente, y no solo inmigrantes, sin un duro en los bolsillos, sin poder acceder a una vivienda digna, con unos salarios miserables que tienen a la inmensa mayoría de los jóvenes viviendo en el domicilio paterno, por muchos grados y muchos másteres que atesoren… pero no, ay, perdón, esto es pura actualidad y está feo señalar, mejor nos volvemos a un tiempo anterior, a grito pelado si nos place, a unos tiempos en los que ocurría lo mismo que ahora pero a una gente que ya son solo memoria. Y este cuento nos debería sonar. Pero, en fin, ahora todo se arregla con una ligera capa de barniz, mate, y eso sí, mirando para otro lado. C'est la vie.
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