¿Se recupera un monte quemado?: las lecciones de Riotinto a los grandes incendios de este verano

La recuperación después del desastre es un proceso lento que, 21 años después, aún muestra las profundas cicatrices del fuego y sirve de espejo a las zonas que han ardido este verano en otros puntos de España

El matorral mediterráneo, por su capacidad de adaptación, ha vuelto a cubrir el suelo con rapidez, pero especies de mayor porte como el alcornoque o la encina necesitarán siglos para volver a ser lo que eran antes del incendio

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Voluntarios en los montes de Berrocal, en enero de 2005, revegetando la zona arrasada h.corpa
H. Corpa

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Más de dos décadas después de que el mayor incendio de la historia de Andalucía calcinara más de 30.000 hectáreas en la comarca de Riotinto, la pregunta sobre la capacidad de un bosque para sobreponerse al fuego sigue sin una respuesta clara. Aquí, la experiencia de quien ha vivido en primera persona la muerte y la lenta resurrección del monte se convierte en un conocimiento de valor incalculable. Esta respuesta, compleja y llena de matices, la ofrece Juan Romero, vecino de Berrocal –uno de los municipios más afectados aquel aciago verano de 2004– y quizá la voz más autorizada de la provincia para extraer conclusiones transcurridas dos décadas del desastre. Su testimonio, por tanto, es un espejo en el que pueden mirarse las zonas ahora arrasadas en distintas zonas de España, un compendio de lecciones sobre lo que se hizo, lo que se dejó de hacer y las heridas que el tiempo no ha logrado cerrar.

«La naturaleza es lenta», sentencia Romero, una afirmación que resume la cruda realidad de un paisaje transformado por el fuego. Veintiún años después, la recuperación en la zona de Riotinto es un mosaico desigual donde, por un lado, el matorral mediterráneo, resistente y adaptado al fuego, ha demostrado su capacidad de regeneración. «La jara, los brezos, el madroño… al segundo o tercer año, estaba prácticamente cubierto», explica, gracias a su capacidad de rebrotar desde la cepa. Es la primera y más rápida respuesta del ecosistema. Sin embargo, el bosque noble, el de los árboles centenarios como alcornoques y encinas, cuenta el tiempo por siglos. «Esos necesitan cientos de años, si no es imposible», lamenta. Es importante destacar que el desastre de 2004 fue especialmente devastador porque el fuego llegó en el peor momento posible. Muchos alcornoques estaban recién descorchados, es decir, se les acababa de extraer el corcho, perdiendo así el escudo natural que los protege de las llamas. El corcho funciona como una coraza ignífuga que permite al árbol resistir incendios moderados, y sin ella, miles de ejemplares quedaron completamente vulnerables. Esta circunstancia, fruto de la coincidencia del incendio con la campaña de descorche, elevó la mortandad de esos ejemplares y complicó enormemente la capacidad de recuperación del bosque.

Después

Imagen después - La Rivera del Gallego destruida por las llamas en 2004 y su aspecto en la actualidad

Antes

Imagen antes - La Rivera del Gallego destruida por las llamas en 2004 y su aspecto en la actualidad
La Rivera del Gallego destruida por las llamas en 2004 y su aspecto en la actualidad j.romero

Pero al daño directo del fuego se sumó un enemigo silencioso y persistente: la seca. Este hongo patógeno ataca a los alcornoques supervivientes, debilitando un ecosistema que, de otro modo, se habría recuperado «rapidísimamente», según Romero. Esta doble condena –el incendio y la enfermedad– es un lastre que frena la vuelta del alcornocal, un ecosistema clave no solo por su valor ambiental, sino también económico.

Aquí reside una de las lecciones más dolorosas y extrapolables a los recientes incendios. Un monte quemado es también una economía arrasada. En Berrocal, la cooperativa corchera facturaba 600.000 euros anuales y extraía hasta 11.000 quintales de corcho (un quintal castellano equivale a 46 kilos). Hoy, apenas alcanza los 2.000. «El medio de vida que era el corcho prácticamente ha quedado reducido a la mínima expresión», afirma Romero. El incendio no solo quemó árboles, sino que se llevó por delante empleos, rentas y un modo de vida unido indisolublemente a los recursos forestales. Este mismo patrón amenaza con repetirse en las comarcas afectadas este verano, donde actividades como el turismo rural, la apicultura, la recolección de setas o la caza verán mermados sus recursos durante décadas.

El corcho retirado en 2004 de los alcornoques de la comarca incendiada J.Romero

Los esfuerzos de reforestación tras la catástrofe de 2004 tampoco han estado exentos de problemas. Romero recuerda los 350 convenios que se firmaron en Berrocal para restaurar fincas, un proyecto que se resintió por la falta de continuidad. «Se abandonó el seguimiento y muchas de las repoblaciones no sirvieron para nada», critica, y se refirió a la necesidad de reponer los ejemplares que se secan, una labor fundamental que no se llevó a cabo.

Finalmente, el abandono de la ganadería extensiva se revela como otro factor clave. Las cabras y ovejas, que Romero define como «una desbrozadora natural», han desaparecido en gran medida del paisaje por la falta de rentabilidad frente a la ganadería industrial. Su ausencia deja un monte más denso, con mayor acumulación de pasto y matorral, un combustible perfecto que condena al campo a un ciclo de incendios recurrentes. La lección de Riotinto es clara: la recuperación de un monte no es solo una cuestión de tiempo y ecología, sino también de gestión, inversión sostenida y un modelo socioeconómico que mantenga vivo el mundo rural. Sin personas que lo habiten y lo cuiden, el bosque queda a merced de las llamas, como recuerda Romero.

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