El ecologista Juan Romero advierte del polvorín forestal que hay en Huelva: «Hay zonas que serán imposibles de apagar»

La provincia alberga enormes masas forestales de pinos y eucaliptos sin gestionar que arderían con tal virulencia que «un incendio sería imposible de extinguir y superaría ampliamente las 50.000 hectáreas»

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El incendio de 2004 cuando cercaba la localidad de Berrocal j. romero
H. Corpa

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Veintiún años después de que el fuego calcinara más de 30.000 hectáreas en la comarca de Riotinto, la semilla del desastre volvió a brotar en mismo punto en el que se originaron las llamas aquel fatídico 27 de julio de 2004. Juan Romero, una de las voces más autorizadas del ecologismo onubense, relata cómo aquel conato de incendio, que pudo observar desde su azotea y que afortunadamente fue sofocado con rapidez, fue para él un recordatorio de que, aunque Huelva no ha sufrido este año un siniestro de la magnitud de los registrados en otros puntos de España, tiene todas las papeletas para padecerlo o incluso superarlo.

«Hay zonas de Huelva en las que un incendio no lo para ni Dios», advierte rotundo. Romero se refiere a lo que denomina «bosques butaneros», auténticos polvorines forestales con una densidad altísima de pinos resineros y eucaliptos, especies altamente inflamables que, sin una gestión adecuada, acumulan una cantidad ingente de biomasa. Y señala, a modo de ejemplo, uno de los puntos críticos en el mapa forestal onubense: el Alto de los Barreros y Peña Blanca, un vasto territorio entre Berrocal, Paterna, Valverde y Zalamea. «Ahí hay una cantidad de biomasa que como haya un incendio supera ampliamente las 50.000 hectáreas. Será imposible pararlo».

La raíz del problema, según el ecologista, hay que buscarla en diversos factores. En primer lugar, el origen de los fuegos: el 95% se deben a la acción humana, ya sea por negligencia, imprudencia o intencionalidad. Pero este factor se ve agravado por una flagrante falta de prevención y de cumplimiento de la ley. «Los tendidos eléctricos están obligados a tener una limpieza debajo, y muchas compañías no lo hacen. Los municipios tienen que tener planes de autoprotección, y muchos no los tienen», denuncia. A esto se suma el abandono del mundo rural y, con él, de actividades como la ganadería extensiva, que mantenía el monte limpio de forma natural. Sin el pastoreo, el campo se «matorraliza», convirtiéndose en un polvorín.

Una gigantesca columna de humo vista desde Berrocal tras declararse el incendio de 2004. Tras ella, Riotinto j. romero

Reordenación forestal

La solución, para Romero, no pasa solo por la extinción, sino por una profunda reordenación forestal. Propone un modelo que apueste por especies autóctonas como el alcornoque y la encina en zonas de valor ecológico y relegando los cultivos industriales a «zonas agrícolas marginales» con una superficie tasada y limitada. «No podemos ser la despensa europea de la pasta de celulosa», señala, criticando la proliferación descontrolada del eucalipto incluso en montes públicos después de incendios como el de Almonaster.

Romero también alerta sobre la compleja situación actual debido a la falta de un modelo de gestión forestal coherente. Explica que muchas zonas críticas, especialmente en áreas de difícil acceso o con alta densidad, carecen de una gestión adecuada que controle la vegetación y reduzca el riesgo de incendios de gran escala. Esta situación crea un polvorín natural que puede provocar siniestros fuera de control. Además, denuncia la insuficiente vigilancia y cumplimiento de la ley, que obliga a mantener limpias las áreas alrededor de infraestructuras vitales como tendidos eléctricos y carreteras.

Tierra calcinada en el que, hasta este verano, era el mayor incendio de la historia de España J. romero

La gestión de las emergencias también está en su punto de mira. Reivindica la profesionalización de los bomberos forestales, con equipos estables durante todo el año que puedan realizar labores de prevención en invierno. «Un bombero forestal no puede tener un contrato precario de unos pocos meses con una formación mínima», defiende, recordando que el Infoca andaluz fue pionero y un modelo a seguir que no debe deteriorarse. Finalmente, apela a la «prevención social», a la formación de voluntarios locales que conozcan el terreno y puedan colaborar de forma segura y eficaz con los equipos de extinción.

La advertencia de Romero es, en resumen, una llamada a la acción, porque Huelva vive –a su juicio– sobre un polvorín que no ha estallado este verano «por puro azar». La pregunta no es si ocurrirá, sino cuándo, y si para entonces se habrán tomado las medidas necesarias para afrontar un fuego que, de producirse en esas zonas abandonadas, podría ser imparable.

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