Sobre la cultura del todo a cien
Todavía recuerdo la primera tienda de 'Todo a cien' que abrió en Punta Umbría. Siendo una niña, me impresionó la increíble oferta y la variedad contenida en un solo establecimiento. Corría la década de los noventa cuando los artículos de plástico empezaron a invadirnos. Eran más baratos y más bonitos que los que teníamos en casa, ya que este material ofrece un amplio abanico de colores y formas que atraen al consumidor como las cositas brillantes a las urracas.


Con cien pesetas (moneda gerontófila) podías adquirir un cuaderno de cuadritos, de una o dos rayas, un plumero o un escurridor de lechuga. Material escolar y doméstico saliendo a espuertas de estos comercios que brindaban un servicio estupendo cuando tu abuela te convidaba (esta palabra se está perdiendo y es una pena) para que te comprases un helado de turrón, pero tú preferías algo más duradero, menos efímero.

Pues bien, lo asequible y lo barato, conceptos que hacen accesibles productos que antes eran más costosos y difíciles de conseguir (hablamos de la época preAmazon), han llegado también a la cultura. En la sociedad de lo exprés y de lo caduco, en la era de la obsolescencia programada, existen artistas plásticos y artistas de plástico. Estos últimos crean piezas como churros que bien podrían ir directas al contenedor amarillo.
Son aquellos a los que solo les falta llevar en el culo la etiqueta de Made in China, con obras de corto recorrido, sujetas a modas y a tendencias frívolas. Y lo mismo sucede con algunos galeristas, comisarios y coleccionistas: aparentemente rigurosos y con criterio, pero huecos y sin base si rascas un poco. Imitaciones y falsificaciones, al fin y al cabo, de lo verdadero y lo original, consecuencia directa de una producción en la que prima lo económico por encima de lo puramente artístico.
Los bazares cumplen su función, te sacan del apuro, pero todos somos conscientes de la calidad y del carácter perecedero de su mercancía: siete usos (con suerte) y a la basura. Entre lo artesanal, lo hecho a mano, con su esencia y su encanto intrínsecos, versus lo fabricado en serie, de forma mecánica y masiva, la elección resulta evidente. Ya lo dijo Walter Benjamin: Lo que se marchita de la obra de arte en la época de su reproductibilidad técnica es su aura. Yo me quedo con lo auténtico y me guardo mis veinte duros para comprarme una caja de rotuladores Carioca.